Tramonta el insomnio

Mauricio Coronel Guzmán

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Robinson en Balderas

Llego tarde al pasillo del andén. Me distraje con un libro de viejos a la entrada del Metro y ahora tendré que esperar al siguiente tren, demasiado para mi prisa. Pico, pala y escalera para intentar una fuga, con tan sólo dos líneas llego a una isla desierta. Al despertar en la última estación escribo un cuento breve para justificarme que otra vez no iré al trabajo.

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Madrigal

Un poema nunca parece lo que es; a media calle sin voz los bastidores de la ciudad aturden mientras el poema guarda un sospechoso silencio. Virgen en su desnudez impúdica a los ojos necios, la mañana ofrece una nueva oportunidad al trino de los deseos que empujan, una y otra vez.

Sed ardiente, la llamarada fría consume mis intenciones. Prometo un terciopelo que navegue por dulces aguas al golpe de las toninas. Apenas un relámpago, no difiere de los suyos, la noche trae un vidrio fragilísimo: la pesadilla.

Mauricio Coronel Guzmán, 2014.

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Al final un juego

En el centenario de Julio Cortázar, 2014.

            Ante lo irreparable no queda nada por hacer. Es absurdo pensar que pudo haber sido de otra manera. Me gusta dar paseos nocturnos entre las calles silentes y viciosas; lo prefiero a leer un libro que perturbe mi sueño de ángel, aunque un poema nunca está de más. Antes de conocer los territorios fantásticos de su prosa, tuve mi primer contacto con un Cortázar negro que a vuelo de jazz gritaba: Sálvalo, mamita, sálvame…

            Compré el libro Final del juego un viernes por la tarde en una librería de la Avenida Madero. Al día siguiente salí de la ciudad con la zozobra de que aquella fría mañana, sin saber de dónde, mis manos habían amanecido con sangre. Hay libros entrañables por el impacto que nos producen así como por la historia que les rodea. Final del juego (mi Final del juego) debe estar en la biblioteca de algún amigo pero no hay problema; si a la justicia se le mueren de viejo los pillos… ¡qué tanto escándalo por un libro!

            En la estación del tren de Maravatío aún ronda una quimera de otro tiempo: justo frente al nuevo parque había un quiosco, ahí conocí a Ximena y también la vi por última vez. La anécdota personal como ensayo aspira a poner las cosas en paz. No viene a cuento hablar de una malograda relación sino sólo la parte que se refiere al libro de Cortázar. Inevitablemente las historias se cruzan, aunque como diría Remedios Varo lo importante es la obra, no hablar de uno. 

Entre la sombra de un frondoso eucalipto seleccioné una primera historia: “Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé que cosa, que te ibas a tirar al Sena…” Me gusta leer en los parques, especialmente cuando no hay gente. Luego de algunas páginas el cansancio acumulado me provocó algo de sopor, casi abandoné la lectura. “Hacía calor, y abrió de par en par la pequeña ventana. La cama estaba bien tendida, pero la encontró incómoda y dura.” La banca también estaba dura, así que me senté en el pasto. La curiosidad perdía terreno ante la fatiga cuando de pronto llegó el tren, en vano busqué la tercera ventanilla.

A la celebración de mi cumpleaños asistieron sólo amigos de antaño y uno de ellos se llevó el libro de Cortázar. Me quejo y no. De los regalos que recibí El contenido de la felicidad, de Savater y Betty Blues, en devedé, son maravillosos pero el libro perdido es una evidencia en ciernes. Cuando desperté estaba completamente a oscuras. Me levanté a tientas y caminé hacia el viejo quiosco: Ximena apareció de la nada con una sonrisa concupiscente y sin más preámbulo los dos aullamos con singular alegría hacia la jadeante luna que escurría de baba. Podría suponer que bajo algún conjuro yo mismo haya prestado el libro. Volví al parque donde extrañamente no encontré nada, al día siguiente –a pesar de que iniciaban las vacaciones - regresé a Morelia.

Un mes más tarde fui a M y para mi sorpresa el libro estaba bajo la banca de madera: se encontraba achicharrado pero la mayoría de la páginas legibles; sólo arranqué un par salpicadas en púrpura. Es muy probable que en ciertas circunstancias haya referido esta historia por lo que mi ocioso amigo simplemente juega otra broma. Lo cierto es que hasta ahora ni Ximena, ni aquella copia de Final del juego han regresado a donde deberían estar, conmigo.

Mauricio Coronel Guzmán

14 agosto 2014

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Voces de ocasión

Voces de la ciudad de México, a la alborada de una nueva vida.

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Los libros depuran la locura

Las tortugas de ciudad, y específicamente las que viven en departamento, son afortunadas si pueden acceder a un poco de luz natural al día. El Sol es su Dorado. Pero para permitirse un baño de sol no depende de ellas, ¿qué puede hacer una tortuga de ciudad para procurarse algo? Casi lo mismo pasa cuando en el lado marginal de la cadena socio-económica en México se intenta hacer algo. Desde la fuerza, todo se controla, o casi. En diez años, el libro más importante que he leído es La ciencia como calamidad, tanto por la parte de divulgación como por el humor. ¿Qué vale la pena si no lleva por lo menos un velo de ingenio?  

Admito que en los últimos 10 años no he leído lo que debiera. No pasaría nada si no fuese mi intensión llevar una vida de escritor. Si bien, en ese tiempo escribí Huerto negro, bajo la influencia de mis recientes lecturas, no he leído lo suficiente. Claro, tampoco debo dejar de señalar que con el periodismo entré a un mundo nuevo y que con el tema de las telecomunicaciones se abrieron otras posibilidades insospechadas. Para que una tortuga tenga una hora de sol a la semana necesita suerte, lo mismo pasa para encontrarse un buen libro, y lo mismo para darle vuelta al condicionamiento.

Dice Marcelino Cereijido que el propósito de su libro (La ciencia como calamidad) es demostrar que la razón (y sus usos) han sido un logro trascendente en la historia del pensamiento. Y, nada, que no descubre el hilo negro, simplemente cita a Descartes y nos recuerda las ventajas de utilizar el razonamiento, exponer diversas teorías y luego ir a la realidad para confrontarlas. En realidad no hago nada para que las tortugas tengan un poco de Sol, ¡quién sería yo! Me gustaría que las tortugas que viven conmigo disfrutaran más de una hora a la semana de los rayos del sol. Dice una veterinaria de la UNAM que aunque sea poco les cae muy bien incluso mejor que la comida. Eso me pone bien y a ellas pues qué les digo. Enfrentarnos a la realidad es otra cosa.

¿Cómo le hacemos los mexicanos para vivir ignorando la dramática realidad de uno y cientos de niños en la calle, en el metro, por todos lados que trabajan o piden un peso? Ahí no hay suerte que valga, y ya que cito a Cereijido, hay una hijoputez cabrona que nos domina a todos. Borges la incluiría en la historia universal de la infamia, digo para ser más refinado. Pero la cosa, es que esa realidad está ahí y nadie hace nada, empezando por mí. Y sí, no me importa pero el homenaje a Octavio Paz me resulta indiferente. Hay una especie de determinismo que apesta.

Pero como en todo lo bueno, los matices, las contradicciones y el balance entre fondo y forma dan una perspectiva más abierta, menos rústica. Pienso en el Paz que recibió en 1984 el premio de los libreros alemanes y luego, en 1990 el Nobel. No es mi intención sintetizar en unas líneas lo que un estudio serio implicaría una tesis pero esas dos décadas, la ochenta y noventa, se llevaron al carajo lo que podía ser la transformación de México. Sí, esa misma que ahora se anuncia con pompa.

No es Paz, soy yo, y con lo siguiente cierro: no me importa un carajo su homenaje. No me importa un carajo sus premios y como eso “llevó en alto el nombre de México”. Pienso, si, en como los libros nos echan a perder. Coincido con Cereijido en que las formas de adiestramiento inician cuando renunciamos a pensar, digo a intentarlo por lo menos. Con suerte y sin suerte.

Domingo 30 de marzo, 2014.

http://tortuspeques.wix.com/tortusweb

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Concepción Company
Identidad/ Lengua

"Cuidar la lengua es cuidar nuestra identidad", Concepción Company Company durante el homenaje a la RAE en México.

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Ernesto
Un día

Ernesto, el contador de historias, nos deleita con esta divertida anécdota.

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Falsa imagen

Vértigo de la ciudad morena bajo

el puente peatonal, los senos de rizo

rubio beben olvido. Huyes, sucio, dentado

a la tarde que busca un sitial.

Yo quería lo que nunca fue. Inmóvil,

la imagen barre los cabellos en la ribera

sin defensa. Pienso, a los sótanos lentos

de la memoria le sobra el hastío difunto.

Por las cañerías, turbias obsesiones regresan 

su imagen. Ausencia frágil, signo insepulto

hubieras visto el oleaje de espuma

negro perro débil, ja.

Mauricio Coronel Guzmán

Febrero, 2014.